Como parte de mi cotidiana costumbre de reflexionar y elucubrar acerca del fútbol como arte más que deporte en sí mismo, me es casi inevitable caer en la morbosa tentación de intentar entender o explicar el rol e identidad del arquero en un equipo de fútbol.

Y es que el arquero es, definitivamente, un destructor de sueños ajenos, el bicho raro del equipo. Preso de una libertad condicional dictada por la extensión del área grande, portero guardián de los tres palos y la raya final, el portero juega a otra cosa, como por ejemplo usar preferentemente las manos mientras el resto lo hace con los pies, intentar no encajar goles mientras sus compañeros intentan producirlos, o vivir un partido más bien solitario, pero con mucha más intensidad y ruido que el resto.    

Así entendido, mucho más allá del acto mismo de atajar, ser arquero conlleva una responsabilidad muy especial. Y es que el arquero juega otro partido, dos en realidad; el mismo que los compañeros, además en contra del permanente ruido interno (o en contra) sus pensamientos, sentimientos y emociones. 

Requiere entonces dar lo mejor en cada intervención, entender que dudar es perder, transmitir certezas en la inseguridad, tener que revelarse ante la adversidad. En fin, entender que la responsabilidad del resultado final pasa en muy buena parte por su desempeño en la cancha y cómo lidiar con sus adversarios en el plano físico y, principalmente, mental.

 Cuando los buenos de los ingleses inventaron el fútbol como actividad deportiva, parecen haberse ensañado con el puesto de arquero, valla a saber uno si por ánimo de venganza o por simple experimentación de los límites y capacidades de la raza humana.

Gracias a Dios, varios de estos se han revelado y lo seguirán haciendo para ser cada vez menos presos de sus miedos y de las limitaciones reglamentarias, para participar cada vez más activamente de este deporte desde la creación artística y menos de la destructiva de ilusiones ajenas.  

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