Pronto cumpliría 10 años, y ya podía ver como todo un país se paralizaba frente a tremendo evento. No había colores blanco y negro, todos éramos uno…. quizás las bases de lo que conocemos hoy en día como la roja de todos.

Pero claro, la historia comienza mucho antes, cuando con mi tata íbamos todos los domingos a ver los partidos del Independiente, en mi san Felipe natal, y escuchar en la tarde cuando jugaba el Colo… cuando ganaba, y para qué decir cuando perdía. Recuerdo que mi tata se enojaba tanto, que muchas veces ni comía, y yo, una mente incrédula, no entendía porqué esa forma de ver la pasión a un equipo de fútbol.

Como olvidar que teníamos una radio pequeña que me teletransportaba hasta el mismo estadio, donde los 11 lo dejaban todo para darle alegría al pueblo. Alegría que no muchas veces llegaba, como cuando un año antes, ante el poderoso Vasco da Gama en un repleto Estadio Nacional, perdíamos desde los 12 pasos cuando la caprichosa no quería tocar la red…, caprichosa que en ese momento nos decía NO, esta vez NO. En llanto enrabiado se retiraba Rubén Espinoza, alentado por su equipo que quedaba fuera del torneo en octavos de final. En buen chileno, fue un mazazo al espíritu de millones de hinchas que habían soñado con una semifinal.

Con la garganta apretada, alguien podría pensar que ese NO, había sido un esfuérzate un poco más, que ahora si lo podrás lograr.

Lo que no te mata, te fortalece

Muchos podrán recordar que los años 90 eran tiempos muy, muy difíciles. Veníamos de una transición a la democracia, eran tiempos duros, y personalmente creo que necesitábamos una motivación distinta para demostrarnos que podíamos ser un Chile distinto, alegre, unido y que deportivamente podíamos lograr un sueño que ya en la década del 70 habíamos estado tan cerca de poder lograrlo. En una frase, éramos un Chile que necesitaba unidad, progreso y por sobre todo, un espacio, un eslabón en tiempo presente de algo tan difícil en ese momento como lo era reconciliar a todos los chilenos más allá de cualquier diferencia, incluso a aquellos que vibraban con una camiseta, y que absolutamente todo le era más difícil.

Con los fantasmas del año 90, ese equipo recibía a Mirko Jozić, un técnico conocido por nuestros pastos años antes como director de la selección Yugoslava Sub-20 que había sido campeona justamente en Chile. Es así como el sucesor de Arturo Salah, por muchos incomprendidos, en su forma tan distinta, tan poco “cercana” y su poco fluido español, logrará poco tiempo después junto a esos guerreros, el premio máximo sudamericano.

Es así como con una convicción que traspasaba los Andes, partimos en esta nueva copa. El grupo no estaba fácil, pero con ímpetu, garra y una fuerza que no se podía medir, llegamos a una semifinal, que para muchos era la verdadera final de la copa.

Equipos como Deportes Concepción, Liga Deportiva Universitaria y Barcelona de Ecuador, fueron presa de este Colo Colo que ya mostraba que iba por más, por ese sueño frustrado tantos años antes, y por una campaña que pintaba para fenomenal. Fue así como llegamos a octavos, en frente, el poderoso Universitario de Lima, un equipo de juego fluido, y que se caracterizaba en su historia por dejar fuera hasta los mejores. Fue un 0-0 en Lima, donde nos dejaba con tarea pendiente en casa, tarea que sacamos adelante en un 2-1, apretado, pero con una historia que ya se empezaba a escribir. 

Llegaban los cuartos, y frente al cacique, el poderoso Nacional, un equipo con una tradición casi perfecta en la escena sudamericana, símbolo de la escuela uruguaya, tan rudo como letal en esta parte del mundo. Colo Colo se plantó con ganas de triunfo y lo demostró durante todo el partido, con una actuación impresionante de Ricardo Mariano Dabrowsky (anotando en dos ocasiones), y de nuestro super anotador Rubén Espinoza a los 89´y de penal para sellar un partido de lujo. Días después tendríamos la vuelta en El Centenario. No estuvo fácil, pero el equipo supo aguantar la arremetida uruguaya para solo terminar perdiendo por un 2-0, suficiente para ya estar en semifinales ante uno de los mejores equipos del mundo: Boca Juniors. 

Boca en el camino

Corría el 16 de mayo de 1991, y la tensión se apoderaba de nuestro plantel ante un estadio repleto de más de 50 mil hinchas. Salieron a la cancha con un sueño, con una ilusión de seguir sumando, de seguir bajando esa estrella tan preciada para nuestro pueblo, tan querida y amada por los que vibramos con el juego de la caprichosa, pero no pasaban más de 7 minutos, cuando con golpe certero de Graciani desde los 12 pasos dejó en silencio los corazones de los chilenos que no dejaban de alentar. Seguimos luchando minuto a minuto, pero la pelota no quiso con la red, terminamos después de 90 minutos con la garganta y el corazón apretados, de haberlo dado todo, pero no haber conseguido nada… No era menos, nos habíamos enfrentado en su casa, a un equipo lleno de estrellas como Gabriel Batistuta, Carlos “Mono” Montoya, Latorre, y al experimentado Profe don Oscar Washington Tabárez. 

Hasta que llegó el día. Un Monumental que parecía una final anticipada, contra quien podría ser el mejor equipo del continente, y donde se enfrentaban los dos clubes más populares de Chile y Argentina. Era un 22 de mayo, estaba frío, pero eso no era impedimento para que los hinchas estuviesen pegados al televisor y alentando con una energía que se la quisiera cualquier equipo del mundo. Recuerdo cuando mostraban la banca de Colo Colo, se notaba a leguas el nerviosismo de Mirko y el equipo, pero no era lo típico, a veces tiendo a pensar que era ansiedad, una ansiedad por hacer el primer gol, por sellar la campaña, por estar pronto en esa final, que ya varios partidos atrás la sentimos nuestra. Nuestro 11 era un equipo joven, Boca por su lado era quizás un invencible, pero muchos podrán estar de acuerdo conmigo que la final se acababa con los xeneixes y no con Olimpia de Paraguay.

Fue así como transcurrieron los primeros 45 minutos, y si bien nos planteamos algunas oportunidades, la pelota no quería terminar en la red. Siento que la ansiedad podría haber estado pasando una mala jugada, una historia que ya veríamos que se escribiría muy diferente para este joven plantel.

De un momento a otro, vimos como el Barti se mandaba un carrerón por la franja derecha para tirar un centro que fue conectado por Rubén Martínez. La noche veía como 64 mil almas se levantaban de sus asientos para gritar hasta quedar afónicos. Era el 1 a 0. En ese momento, a mis 10 años entendía que todo estaba más cerca, pero jamás imaginé que dos minutos después el mismo Barti, con un derechazo tremendo, la clavaba en el arco del Mono Montoya. La euforia ya era máxima y Colo Colo finalista.

El juego avanzaba, y se nos vino un balde de agua fría. Boca salía a relucir todo su poderío luego de una descoordinación en la salida. Perdimos el balón que después de un centro, Latorre marcó el 2-1 sin apelación alguna. Pero claro, aún faltaba mucho partido, y nadie, absolutamente nadie podía dudar que nuestros caciques no seguirían luchando para no ir a penales, y fue así como después de una jugada magistral en el área rival, Martínez nuevamente se sacaba al arquero para marcar el definitivo 3 a 1. 

He aquí cuando recuerdo una frase que leí hace un par de años de Juan Pablo II,  “La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus consecuencias dramáticas”, y claro que fueron dramáticos esos últimos minutos de partido, en que ante una locura desbordada de Boca, todo lo bonito de ese tremendo partido, se veía empañado por algo que nunca tuvimos en el libreto, una batalla campal llena de frustración del equipo argentino, por estar perdiendo en un juego justo su paso a la final. El punto negro, y digo punto, porque ganamos con legitimidad y propiedad, ya teníamos la certeza que este equipo ganaría la final de la Copa Libertadores de América. 

El Cacique tenía al frente a Olimpia de Paraguay, ganador de la edición de 1990, y que además, había dejado en cuartos a Universidad Católica en San Carlos de Apoquindo, y que sabíamos que era muy fuerte en su estadio, el mítico Defensores del Chaco. A veces tiendo a pensar que cuando las cosas fluyen, no hay energía en el mundo que pueda parar que los hechos se concreten, y creo fuertemente que eso fue lo que realmente pasó en Paraguay, donde vimos un cacique fuerte y un Olimpia silencioso y muy falto de juego, lo que redundo en un lento cero a cero.

La alegría infinita de la final

Era 5 de junio de 1991, y en las calles de esta hermosa y delgada franja de tierra, ya podíamos respirar la copa, copa que ese mismo día en la mañana llegaba en las manos de la FIFA, y con ya un gustito a quedarse en casa, gustito que estaba seguro nos daríamos. Un monumental lleno desde las 3 de la tarde, cantando y coreando el ¡Chi chi chi, le le le, Colo Colo de Chile! Era una noche fría, pero no se sentía ante el calor humano que hacía vibrar a todo Chile, desde cada rincón, desde cada televisor. En mi casa recuerdo que habíamos cenado temprano, mi tata en primera fila, y toda mi familia reunida esperando el pitazo inicial. Sabíamos que nunca nos olvidaríamos de esa noche espectacular, las ansias de triunfo ya se asomaban para bajar la estrella que nos faltaba, no solo al cacique, sino a Chile!

Salía Colo Colo a la cancha ante un cántico que emocionaba entre tantos fuegos artificiales, no teníamos ni al Pato Yañez, Ricardo Mariano Dawroski, ni a Ormeño, piezas fundamentales de nuestra campaña, que nos planteaban dudas de cómo nos pararíamos en la cancha, de cómo afrontaríamos los nervios de cerrar en casa la final, tantas dudas que respuestas aún no teníamos. Nuestros once ya estaban en la cancha listos para dejar el corazón en la cancha; Morón, Cheito Ramírez, Chago Garrido, Margas, Coca Mendoza (que después saldría lesionado), Vilches, el capitán Pizarro, Espinoza, JC Peralta, Barti y el MVP y protagonista de esa noche, Luchito Perez. En la anécdota eterna quedará la foto del plantel con aquel niño fantasma que con su rapidez y picardía, se lanzó raudamente a ser parte de la historia que ya se estaba escribiendo, años más tarde nos enteraríamos que había sufrido una fatal enfermedad.

Se iniciaba el partido con un relato de aquellos, teníamos a Vladimiro Mimica, quien en cada palabra ponía su corazón, y nos hacía vibrar como que estábamos en la galería, solo en mi mente tengo un pensamiento, el cacique hoy hará historia. Banderas blancas, antorchas, camisetas, todo era blanco… todo estaba listo para la gran fiesta, pero faltaba lo más importante, los goles!

No alcanzaba a pensar en eso, cuando a los 12 minutos una pared de ensueño entre Lucho Pérez y Rubén Espinoza permitía que Luchito se llevara al defensor paraguayo y la colocara lejos de las manos del portero Bataglia. Era el 1 a 0, era la alegría máxima, saltábamos de emoción y nos abrazábamos como el acto más noble de celebración para este país que lo merecía todo. Les dolía a los paraguayos, y como dijo Pedro Carcuro, era la alegría y la celebración de los que eran albañiles en Católica y se habían graduado de arquitectos en este Colo Colo que ya tocaba de cerca la copa.

Y quedaba más. Después de una avivada del Coca, habilitando al Barti, este con un centro a los pies de Luchito, le permitía que este con una calidad de los más grandes de Europa, diera la media vuelta y celebrara el segundo de su cuota, y el segundo para Chile, si, para Chile!!! Los brazos de Mirko apuntando al cielo, y todo Chile llorando con este hermoso regalo. Antes de los 20 minutos, la Copa ya era nuestra.

Pero faltaba más. En un profundo pase de Pizarro al Barti por la derecha, y con una calidad memorable, Barti le decía a Herrera, un chico de 19 años que había reemplazado al Coca Mendoza por lesión, hágalo. Era el 3 a 0, y los corazones estallaban desde Arica a Magallanes Éramos campeones con un golazo, campeones de Sudamérica, de la gloriosa y esquiva por tantos años Copa Libertadores, con un plantel que fue de menos a más, que se supo reponer a los malos momentos, a las lesiones, y a esa presión que una vez le escuchamos a Mirko, “quienes están en el plantel de Colo Colo deben ser capaces de rendir lo mismo o más, de los llamados titulares”.  

Fueron gritos de felicidad y de festejo, tiempos en que por un momento fuimos uno solo, fue un logro que nos dejó en la historia del deporte nacional, pero por sobre todo, es un legado que nos dejaron 11 albos que cuando tenemos una mente sin miedos, podemos llegar a ser brillantes en nuestros propósitos. 

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