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El “jefecito” de Palestino contó que quiere nacionalizarse chileno.

Es de noche y el adolescente Agustín Farías está detrás de la barra de un bar en Argentina. Lo que más quiere en el mundo es ser futbolista, pero se ve difícil. Su familia lo mira y se preocupa por el futuro. Sin embargo, como él mismo dice, es un “cabeza dura”.

 Más de quince años han pasado y los giros de la vida lo tienen en Chile. El volante ha sido uno de los que ha presidido la mejor época de Palestino en mucho tiempo. Parece darle lo mismo si está en el Municipal de La Cisterna o en La Bombonera. Siempre se muestra igual. Un volante guapo en el quite, capaz de dinamitar los circuitos rivales y muy claro a la hora de entregar. Ya son cinco campañas y, con una humildad que no es falsa modestia, reconoce que no es uno más para el hincha.

La ayuda de un crack y el drama de vivir sin sueldo

El “Jefecito”, como lo apodan, nació y se curtió en Azul. Los días de niño eran siempre iguales. Llegaba del colegio y se iba al potrero a jugar a la pelota toda la tarde con los amigos. Como muchos, quería llegar a profesional y con 13 años comenzó a recorrer los 300 kilómetros que separaban su ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, esos viajes muchas veces terminaban en amargura. Probaba aquí y allá, pero sin suerte. En la casa, además, la plata no sobraba y tuvo que compatibilizar el trabajo con el estudio desde chico.

“Empecé a trabajar a los 15 en un boliche. Arranqué juntando los vasos que dejaba la gente tirados y después pasé atrás de la barra para hacer tragos. En mi casa me decían que tenía que estudiar, que qué iba a hacer de mi vida y yo les decía que mi vida era el fútbol”, comenta.

El tiempo avanzaba impiadoso y las opciones se reducían más y más. Pero en el fútbol amateur encontraría a un crack que le daría una inesperada oportunidad.

En Azul, cada fin de año se juega un partido a beneficio entre jugadores locales. Farías tenía 17 años y anduvo muy bien. En las tribunas observaba el azuleño más famoso de todos: Matías Almeyda. El ex River Plate, Lazio y la selección argentina se le acercó al final del encuentro y le dijo que lo iba a ayudar. No le falló. Al poco tiempo, recibió una llamada del club Almagro. Luego de una semana a prueba, quedó y firmó su primer contrato. El sueño comenzaba a solidificarse.

Pasó cuatro años en Almagro y de ahí se fue a Nueva Chicago, clubes con los que deambuló entre la segunda y tercera categoría del fútbol trasandino, torneos que el propio Farías califica de “muy duros” y “poco vistosos”. En el “Torito de Matadero” coincidió con Pablo Guede y su rendimiento subió como la espuma. Junto al técnico, consiguió el ascenso a la B Nacional en 2014. Sin embargo, era una felicidad a medias.

“Nosotros en Chicago tuvimos seis meses que no nos pagaban y a veces se hace difícil mentalizarse en lo que es el fútbol, en rendir el fin de semana. Llega un momento, que me pasó a mí, que no tenía cómo ir a entrenar porque no cobrábamos. Con otro compañero, pusimos los últimos pesos para la nafta y después al otro día no había nada”, rememora.

El arribo a Chile, CR7 y el sueño que le falta cumplir

De Nueva Chicago partió a Estados Unidos para fichar por el DC United de la MLS. Estando allá, recibió un llamado de Matías Almeyda para convencerlo de que fuera a Banfield. No lo pensó mucho y volvió.

Sin embargo, en el “Taladro” apenas tuvo un puñado de minutos y solo estuvo seis meses. En medio de ese oscuro panorama, le llegó un ofrecimiento de Chile a principios de 2015. Pablo Guede lo quería para Palestino.

Llegó como un desconocido y hoy es un emblema del conjunto árabe. Sumando y restando, los momentos felices son muchos más que los tristes. Le ha tocado jugar competencias internacionales casi todas las temporadas y fue parte del plantel que cortó la racha de 40 años sin títulos que arrastraban los tetracolores.

“El momento más lindo fue cuando llegamos a cuartos de final en Copa Sudamericana eliminando a Flamengo allá en Brasil. Después, el más feo fue cuando nos tocó pelear el descenso. Fue desgastante. Un fin de semana jugábamos semifinal de Copa Chile, que la terminamos ganando, y al otro fin de semana jugábamos por salvar la categoría”, expresa.

La estancia de Farías en La Cisterna solo se vio interrumpida cuando se fue cedido al Apoel en 2017. No le llamaba la atención jugar en la liga de Chipre, pero sí poder disputar la Champions.

Fue un año de aprendizaje, de atreverse a enfrentar lo desconocido. Se instaló en Nicosia con su esposa y una hija recién nacida. Era otro idioma, otra cultura, otra vida. Afortunadamente le quedaron grandes recuerdos en lo deportivo. Su equipo logró superar las tres fases previas y se metió en los grupos de la Liga de Campeones. Enfrentó al Real Madrid, al Tottenham y al Borussia Dortmund.

“La experiencia de haber jugado contra el Madrid no me la voy a olvidar más. Creo que enfrentamos al mejor Real de la historia y Cristiano Ronaldo es único. Es fuerte, porque hacía tres meses atrás estaba jugando acá en Chile y la vida después te puede llevar a otro escenario que quizá uno no se imagina. Cambié camisetas con Sergio Ramos y con Modric. Súper bien los dos”, relata.

Antes y después de ir a Chipre, Farías ha sido relacionado con todos los equipos grandes del fútbol nacional. Él mismo reconoce que estuvo a un paso de la U en 2019. No es de lo que esconde sus intenciones y va de frente. Incluso revela que iniciará el proceso de nacionalización a mitad de año para así no ocupar cupo de extranjero y facilitar un eventual traspaso.

“Como cualquier ciudadano en su trabajo, uno quiere crecer. Yo en el mío también aspiro a seguir creciendo, por más que al hincha le duela que uno diga estas cosas, ojalá tenga la posibilidad de poder hacerlo”, admite.

Por un momento, piensa en todos los sacrificios hechos para llegar hasta aquí. Está convencido que algo le falta por lograr, aunque no sabe qué. Mientras se desvela ese misterio, seguirá por el mismo camino. El único que conoce.

Créditos: Emol


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